Por qué el flamenco tiene acento… pero no código postal

Hay una frase que siempre descoloca a los viajeros cuando la suelto a mitad del tour:

“La tierra no canta. Canta la gente.”

Y ahí, omparé, se hace un silencio curioso.
Porque venimos con la idea de que el flamenco brota del suelo, como si Jerez diera bulerías por raíces o Granada soleares por la acequia.
Pero no.

El flamenco no nace de la geografía. Nace de personas concretas, con nombre, con vida y con entorno.

Personas antes que mapas

Las calles no afinan guitarras.
Las plazas no se arrancan por seguiriyas.

El flamenco lo crearon hombres y mujeres de carne y hueso, que bebieron de lo que tenían alrededor: el habla, el trabajo, la fiesta, la pena, el ritmo de su barrio.

Luego vino la costumbre de ponerle apellido a los cantes:
tangos de Málaga, soleá de Triana, fandangos de Huelva, taranta de Linares.

Una forma cómoda de orientarse, sí.
Pero también una fuente enorme de malentendidos.

Porque parece que la música pertenece a la tierra, cuando en realidad pertenece a quien la crea.

El error de marcar lindes al cante

Durante años, muchos aficionados —y no pocos estudiosos— se empeñaron en poner fronteras al flamenco, como si los estilos tuvieran escritura de propiedad.

Y claro, pasa lo que pasa.

Soleares clasificadas como “de Triana” aunque las hicieran cantaores de otros lugares.
Variantes atribuidas a un pueblo cuando su creador había nacido cien kilómetros más allá.
Un lío imposible de desenredar.

Curiosamente, cuando el estilo lleva el nombre de la ciudad —malagueñas, granaínas—, ahí sí solemos hablar del autor:
malagueña del Mellizo, granaína de Chacón.
Ahí ya no molesta tanto quitarle el protagonismo al mapa.

La fascinación del viajero: “¿Entonces cada ciudad suena distinto?”

Aquí viene una de mis escenas favoritas como guía.

En mitad de una ruta, cuando explico que no es lo mismo una bulería en Jerez que en Cádiz, alguien siempre pregunta:

“¿Entonces cada ciudad tiene su propio aire?”

Y esa palabra es clave: aire.

No es una ley escrita.
No es una frontera musical.
Es una forma de decir.

En Jerez el compás pesa más.
En Cádiz el modo mayor se asoma con descaro.
En Granada el cante se vuelve más áspero, más largo, más contenido.

Y cuando lo entienden, se les iluminan los ojos.
Porque descubren que Andalucía no es una sola voz, sino un coro lleno de matices.

No es geografía: es convivencia

Ese “aire” no viene de la tierra, viene de cómo se vive en cada sitio.

De quién se junta con quién.
De qué se canta en las fiestas.
De qué se escucha desde niño.

Por eso hubo cantaores jerezanos creando cantes levantinos.
Y estilos malagueños con acento gaditano.
Porque los artistas se movían, escuchaban, mezclaban y creaban.

El flamenco no es folclore cerrado.
Es un arte popular en constante diálogo.

La música no entiende de fronteras

A veces lo explico así:

La música no sabe dónde está Jerez ni Cádiz.
La música solo existe en el tiempo, no en el mapa.

Por eso es absurdo pensar que una mina “suena” a taranta o que una ciudad “produce” un palo.
Lo que suena es la memoria de quienes vivieron allí.

Claro que el entorno influye.
Pero no manda.

Darle nombre a quien lo creó

Hubo quien intentó hacer justicia.
Dar nombre y apellidos a los cantes más jondos.
Reconocer a quienes los inventaron.

Porque el flamenco es música de autor, aunque luego el pueblo la haga suya.

Como decía Machado:
cuando el pueblo canta una copla, ya nadie sabe quién la creó.

Pero alguien la creó.

.

Y merece ser recordado.

Al final, todo encaja

Por eso, cuando termino mis tours, muchos viajeros me dicen:

“Ahora entiendo por qué el flamenco no se puede explicar en una sola frase.”

Exacto.

El flamenco no es de un sitio.
Es de muchos sitios y muchas personas.
Y Andalucía es el escenario donde todo eso se cruzó.

Como el buen vino, sabe distinto según dónde lo pruebes…
pero la uva siempre es la misma.

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aprendemos a distinguir los acentos del alma andaluza caminando la ciudad.

Porque el flamenco no se memoriza.
Se comprende andando.

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