Granada no siempre fue una ciudad de postal. Durante un tiempo fue algo mucho más ambicioso: el centro simbólico de un imperio que se quería eterno. Para entender la Granada que hoy caminamos —sus plazas, sus edificios y hasta sus silencios— hay que detenerse en un nombre que lo cambió todo: Carlos V.

Cuando Carlos I de España llega a Granada en 1526, recién casado con Isabel de Portugal, la ciudad vive un momento único. Durante meses, Granada se convierte en capital política y diplomática de Europa. No es una visita protocolaria. Es una declaración de intenciones. El emperador no viene solo a gobernar, viene a redefinir la ciudad.

Hasta entonces, Granada había sido una ciudad conquistada, marcada por la superposición cristiana sobre la herencia nazarí. Con Carlos V comienza otra etapa: la de la Granada imperial, pensada para mirar a Europa y al mundo. El proyecto es claro: transformar una ciudad fronteriza en símbolo del poder universal de los Austrias.

Ese cambio se nota al caminarla. La ciudad medieval, de calles estrechas y recorridos irregulares, empieza a abrirse. Se dictan ordenanzas para ensanchar vías, eliminar ajimeces, ordenar plazas y crear espacios públicos que respondan a una nueva idea de ciudad. La Granada baja se renueva; el Albaicín resiste más, conservando su trazado antiguo, casi como un recuerdo incómodo de lo que fue.

La Alhambra, lejos de ser un monumento congelado, se convierte en residencia imperial. Carlos V decide vivir allí, integrando su poder en el corazón del antiguo palacio nazarí. Se construyen las habitaciones del emperador y el Peinador de la Reina, desde donde la mirada domina el Albaicín y el Sacromonte. No es casual: gobernar también es mirar y ser visto.

En ese mismo recinto se levanta el edificio que mejor resume la ambición del momento: el Palacio de Carlos V. Un palacio renacentista, de planta cuadrada y patio circular, inspirado en la Roma clásica y colocado deliberadamente dentro de la Alhambra. El mensaje es potente: el nuevo poder no destruye el antiguo, lo supera. Hércules, la Victoria, la Abundancia y el lema Plus Ultra decoran un edificio pensado como propaganda de piedra.

Pero el proyecto imperial no se limita a la Alhambra. Al bajar a la ciudad, aparecen otros hitos que hoy muchas veces se miran sin entenderse. El Pilar de Carlos V, cargado de símbolos mitológicos y alegóricos, habla de orden, abundancia y dominio. La Puerta de las Granadas marca el acceso a un espacio de poder reservado. La Real Chancillería, tribunal supremo de justicia, impone la autoridad del Estado con su fachada manierista.

La Catedral de Granada es otro pilar fundamental de esta Granada imperial. Concebida inicialmente como mausoleo de los emperadores, su diseño renacentista rompe con el modelo gótico y se inspira en el Santo Sepulcro de Jerusalén. No es solo un templo: es un manifiesto político y religioso. La Capilla Real, donde reposan los Reyes Católicos, completa ese relato de legitimación del poder.

Carlos V también entiende que el control no es solo urbano o religioso, sino cultural. Impulsa la educación, especialmente entre la población morisca, y funda la Universidad de Granada en 1526. La ciudad vuelve a ser un centro intelectual, con estudios de teología, filosofía y gramática, en un intento de integrar —o domesticar— una sociedad profundamente diversa.

Al caminar Granada con esta mirada, todo encaja. Iglesias como San Matías, plazas abiertas, edificios civiles y religiosos responden a un mismo impulso: ordenar, representar y controlar. Pero también dejan grietas. Porque no todo el mundo encajó en ese proyecto imperial. Y esas grietas son las que, siglos después, explican muchas de las tensiones culturales de la ciudad.

Entender la Granada de Carlos V no es mirar al pasado con nostalgia. Es comprender por qué esta ciudad es como es. Por qué conviven el esplendor y la herida. Por qué Granada nunca fue solo una ciudad bonita, sino un campo de batalla simbólico entre memorias distintas.

Eso es lo que intento transmitir cuando camino Granada con viajeros: que cada piedra tiene intención, que cada edificio cuenta una historia de poder y que la ciudad no se explica sin entender ese momento clave en el que quiso ser capital del mundo.

Y cuando uno entiende eso, Granada deja de ser una postal y se convierte en una experiencia.

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Pinterest

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Planeando tu visita a Granada?

Descubre los planes perfectos que harán de tu viaje una experiencia inolvidable.

Solo déjanos tu nombre y correo, y recibe GRATIS mi exclusivo PDF con rutas, actividades y rincones secretos de la ciudad.

¡Descarga ahora y que empiece el viaje!»

Responsable: MIGUEL CASTILLO, como responsable de esta web. Finalidad: contestar tu mensaje. La Legitimación: es gracias a tu consentimiento con el check de la casilla. Destinatarios: tus datos los tendrá MARKETING DIGITAL PSICOLOGOS, SL, nuestro proveedor de hosting. Podrás ejercer Tus Derechos de Acceso, Rectificación, Limitación o Suprimir tus datos en miguelcastillo@gmail.com. Honestidad y transparencia ante todo. Para más información consulta nuestra política de privacidad