La mayoría de la gente llega a Granada buscando belleza: vistas, palacios, fotos…
Lo que casi nadie espera es que esta ciudad también cante, incluso cuando parece en silencio.
Y no canta para gustar. Canta porque durante siglos no tuvo otra forma de decir lo que le estaba pasando.
El flamenco no aparece aquí como un espectáculo preparado, aparece como una reacción.
Antes de que hubiera escenarios, ya había personas cantando su propia vida, a veces con rabia, a veces con pena, casi siempre con dignidad.
Persecución, cárcel, juicio, hambre. No son temas literarios: son experiencias reales que se convierten en cante porque no caben en otro sitio.
Cuando uno entiende eso, empieza a mirar Granada de otra manera. Ya no es solo la Alhambra, es el contexto.
Es una ciudad donde durante mucho tiempo la diferencia se castigó, donde la piel, el origen o la forma de vivir podían condenarte. Y en ese ambiente, el flamenco funciona como un idioma compartido entre quienes no tenían voz pública.
A finales del siglo XIX y principios del XX, ese cante íntimo empieza a salir a la calle. Tabernas, fiestas, reuniones privadas…
Y ahí surge una tensión: lo que antes era necesidad se convierte poco a poco en espectáculo.
Algunos celebran esa visibilidad; otros temen que se pierda lo esencial.
En Granada, esa preocupación cristaliza en un gesto único: reunir a cantaores antiguos, muchos de ellos anónimos, para que canten como siempre lo habían hecho. Sin artificios. Sin buscar aplauso fácil.
Ese momento marca a la ciudad. No por el concurso en sí, sino por lo que revela: que el flamenco no pertenece al pasado, pero tampoco puede separarse de él sin perder sentido. Desde entonces, Granada se convierte en un lugar donde el flamenco se piensa, se cuida y se vive.
Basta con caminar por Plaza Nueva, bajar hacia el Paseo de los Tristes o subir al Albaicín para sentirlo. Aquí la guitarra no es decoración.
Siempre ha estado en la calle, en reuniones improvisadas, en cuevas donde la acústica obliga a tocar con verdad. El Sacromonte no fue un escenario: fue una escuela. De ahí salen formas de tocar y de sentir que sorprenden cuando llegan a Madrid o a cualquier otro lugar.
La guitarra cuenta otra parte de esta historia. Durante mucho tiempo fue instrumento del pueblo, asociada a lo humilde, a lo popular. En Granada, sin embargo, conviven dos mundos: el estudio y la intuición, el taller y la barbería, la composición y el rasgueo aprendido mirando. Esa mezcla da lugar a una forma de tocar que no busca exhibirse, sino acompañar, sostener y empujar el cante.
El siglo XX no lo pone fácil. Guerra, censura, vigilancia. El flamenco molesta cuando recuerda verdades incómodas, así que se intenta domesticar. Se prohíben letras, se edulcora el mensaje, se vende una imagen amable al turismo. Aun así, el flamenco sigue filtrando lo que no se puede decir abiertamente. Cambia la forma, pero no la intención.
Cuando camino Granada con viajeros y cuento todo esto, no busco que memoricen fechas. Busco que entiendan una sensación: que el flamenco es consecuencia de una vida vivida al límite, y que esta ciudad ha sido testigo directo de ese proceso. En ese momento, algo se mueve. Ya no escuchan igual una guitarra ni miran igual una cueva.
Eso es lo que propongo en mis tours. No ver flamenco, sino entender por qué existe.
Caminar Granada con la historia social del cante como hilo invisible. Si te apetece descubrir la ciudad desde ese lugar, lejos del folclore y cerca de la verdad, vente a andar conmigo.
Hay ciudades que se visitan, y otras, como esta, que se escuchan.


