Hay personas que coleccionan libros por amor al objeto. Y hay otras que los coleccionan porque entienden que dentro de ellos está la memoria del pueblo. Hernando Colón fue de los segundos. Y Granada, sin saberlo durante siglos, acabó guardando una parte clave de esa memoria en un lugar muy concreto: el Sacromonte.
Cuando hoy caminamos por Granada hablando de flamenco, casi nadie imagina que en esta ciudad, justo cuando se cerraba la Edad Media y empezaba la Modernidad, ya había gente obsesionada con una idea muy parecida a la que explica el cante jondo: que el conocimiento no sirve si no llega al pueblo llano. Hernando Colón viajó por media Europa comprando libros pequeños, sencillos, llenos de imágenes, pensados para quien no sabía leer o apenas podía hacerlo. Libros baratos, directos, emocionales. Libros que hablaban del sufrimiento humano a través de la Pasión.
Eso es importante entenderlo. Porque esos textos no estaban pensados para élites cultas, sino para que la gente común pudiera sentir una historia. Las imágenes xilográficas explicaban lo que las palabras no alcanzaban. Dolor, sacrificio, injusticia, muerte, compasión. Todo contado sin adornos, de forma clara, casi brutal. Muy parecido a lo que siglos después hará el flamenco.
Granada es un lugar clave en todo esto. No solo por la Alhambra o por su historia visible, sino por lo que se guardó en silencio. El Sacromonte no fue solo un barrio marginal habitado por moriscos y gitanos expulsados de otros lugares. Fue también un espacio de resistencia cultural, de tradición oral, de transmisión simbólica. Mientras los libros de Hernando Colón dormían en la Abadía, en las cuevas se cantaban vidas enteras sin escribir una sola palabra.
Cuando explico esto a los viajeros, muchos se sorprenden al descubrir que el flamenco y esos libros antiguos tienen algo en común: ambos nacen para explicar el sufrimiento humano de forma comprensible. No desde la teoría, sino desde la emoción. No desde arriba, sino desde abajo. Eso es flamenco como identidad andaluza. Y eso es también memoria histórica andaluza.
El flamenco, como esos textos ilustrados, no necesita grandes discursos. Necesita contexto. Saber por qué en el Sacromonte se canta de una forma, por qué en el Albaicín las letras suenan distintas, por qué Granada tiene un poso melancólico que no se encuentra igual en Jerez o en Sevilla. Cada ciudad andaluza tiene su aire porque cada una ha gestionado su historia de forma distinta.
En mis tours ocurre siempre lo mismo. Hay un momento, normalmente cuando pasamos cerca del Sacromonte o hablamos de la Alhambra más allá de la postal, en el que alguien se queda callado. Y después dice algo como: “Ahora entiendo por qué esta música tenía que nacer aquí”. Ahí es donde el flamenco deja de ser algo exótico y se convierte en algo humano.
Eso es lo que intento transmitir caminando Granada: que el flamenco no es solo música, es una forma de explicar el mundo cuando no te dejan hacerlo de otra manera. Igual que esos libros ilustrados, igual que la tradición oral, igual que la memoria que no cabe en los manuales.
Porque aquí no se trata de consumir cultura. Se trata de entenderla.


