En la Granada nazarí, el hammam, heredero de las termas romanas y transformado por la cultura islámica, era mucho más que un lugar de higiene. El agua tenía además una profunda importancia ritual y simbólica.
Los baños públicos eran frecuentados por diferentes sectores sociales y contaban con trabajadores como masajistas, barberos y encargados de las toallas.
El recorrido pasaba normalmente por una sala fría, otra templada y una caliente llena de vapor.
En las bóvedas, pequeñas lucernas con formas estrelladas dejaban entrar la luz creando una atmósfera espectacular.
También eran lugares de encuentro.
Se podían cerrar negocios y conversar, mientras que las mujeres disponían de horarios específicos y aprovechaban el hammam para reunirse, comer, depilarse, perfumarse y cuidar sus largas cabelleras.
En los baños reales de la Alhambra, el lujo alcanzaba otro nivel y existen testimonios sobre música y entretenimiento asociados al ambiente cortesano.
Tras la conquista cristiana, algunos baños continuaron utilizándose, mientras otros desaparecieron progresivamente.
Más tarde, determinadas prácticas relacionadas con el baño fueron perseguidas por considerarse señales de identidad morisca.
Cuando explico esta historia en Granada, siempre digo que el hammam nos permite conocer algo que los palacios no cuentan: cómo era la vida cotidiana.
Si quieres descubrir esa Granada que todavía permanece escondida bajo la ciudad actual, acompáñame en mis rutas culturales por Granada.



