A comienzos del siglo XIX, muchos gitanos andaluces trabajaban como jornaleros en el campo y vivían en gañanías, alojamientos colectivos situados en los cortijos.
Allí, el cante acompañaba las largas jornadas de trabajo, servía para aliviar el esfuerzo y fortalecía los lazos entre quienes compartían una vida marcada por la dureza.
Al terminar la faena, era habitual que los propietarios organizaran fiestas donde se contrataba a músicos y cantaores gitanos.
Poco a poco, aquellos cantes comenzaron a salir del ámbito familiar y a ser escuchados por un público cada vez más amplio.
En 1834 se decretó la abolición definitiva de la Inquisición. Aunque la pobreza y la desigualdad continuaron, desapareció una institución que durante siglos había perseguido muchas expresiones culturales y religiosas.
Ese nuevo contexto favoreció que el flamenco comenzara a mostrarse con mayor naturalidad en espacios públicos.
Cuando cuento esta historia durante mis rutas por Granada, explico que el flamenco no nació para entretener, sino para acompañar la vida. Solo después empezó a convertirse en un arte admirado por todos.
Si quieres descubrir cómo el flamenco pasó de los cortijos a convertirse en uno de los grandes símbolos de Andalucía, te invito a acompañarme en mis rutas culturales flamencas por Granada.



