Granada es una ciudad llena de ausencias. Algunas se ven, otras no. Hay una en concreto que cuesta explicar cuando caminamos por sus calles: la judía. Porque Granada fue ciudad de judíos, pero hoy parece que no lo recuerda. Y entender eso es clave para comprender no solo su historia, sino también su carácter.
Durante siglos, Sefarad —el nombre con el que los judíos llamaron a España— fue hogar, no refugio. No era un lugar prestado, era una patria. Los judíos que vivían aquí hablaban castellano, participaban en la vida económica, cultural e intelectual, y sentían esta tierra como propia. Cuando llega la expulsión de 1492, no se marcha un pueblo extranjero: se expulsa a parte de la sociedad.
Ese es uno de los puntos más incómodos de nuestra historia. Los sefardíes no se llevaron solo recuerdos; se llevaron la lengua. El ladino, ese castellano antiguo conservado durante siglos en el exilio, es la prueba más clara de que la memoria puede sobrevivir sin territorio. Mientras España avanzaba sin ellos, los sefardíes seguían hablando de ella, cantándola, nombrando ciudades que muchos nunca habían visto, como Granada.
Caminar hoy por Granada con esta idea en la cabeza cambia la mirada. Aquí hubo comunidades judías fuertes, organizadas, visibles. Lo sabemos por documentos, por concilios antiguos, por textos que hablan de convivencia real entre judíos, cristianos y musulmanes. Una convivencia frágil, sí, pero cotidiana. El problema es que esa convivencia dependía siempre del poder, y cuando el poder cambia, la tolerancia se rompe.
Las primeras leyes discriminatorias aparecen pronto. Separación, prohibiciones, sospecha. Más tarde llegan las conversiones forzadas, el miedo, la clandestinidad. Muchos judíos se bautizan para sobrevivir, pero siguen practicando su fe en secreto. De ahí nace una persecución que culmina con la Inquisición. El judaísmo deja de ser visible, pero no desaparece del todo.
Granada representa bien esta paradoja. Fue ciudad judía, musulmana y cristiana, pero apenas conserva huellas claras de ese pasado hebreo. No hay una judería reconocible, no hay un relato público fuerte, no hay memoria señalizada. Es como si la ciudad hubiera decidido seguir adelante sin mirar atrás. Y sin embargo, la ausencia pesa.
Para los sefardíes expulsados, Granada nunca desapareció. Se convirtió en recuerdo idealizado, en paraíso perdido. Durante siglos, se cantó a Granada desde el exilio, se rezó pensando en Sefarad, se conservaron palabras, recetas y canciones. España quedó lejos, pero no se fue de la memoria.
Cuando explico esto caminando con viajeros, suele producirse un silencio distinto. Porque se entiende algo fundamental: que una ciudad no solo es lo que muestra, sino también lo que decidió olvidar. Y que Granada, tan acostumbrada a hablar de su esplendor, tiene también una historia de ruptura y añoranza que merece ser contada.
Entender a los judíos de Sefarad no es un ejercicio de nostalgia, es un acto de justicia histórica. Es reconocer que parte de lo que hoy somos nació con quienes ya no están. Y que sin ellos, el relato de Granada queda incompleto.
Eso es lo que intento transmitir en mis rutas culturales: que la historia no es un decorado, es una herida abierta que todavía habla si sabemos escucharla.


