Hay ciudades que presumen de su pasado sin hacerse demasiadas preguntas. Granada no. Granada es una ciudad incómoda con su propia historia, porque cuando uno empieza a rascar, aparecen relatos que durante siglos se han intentado suavizar, esconder o reinterpretar. Uno de ellos es el origen mismo de la ciudad: Garnata al-Yahud, la Granada de los judíos.

Cuando camino con viajeros por el Realejo o el Albaicín y sale el tema, casi nadie sabe que algunas de las fuentes más antiguas describen Granada no como una ciudad musulmana o cristiana, sino como una villa fundada y habitada mayoritariamente por judíos. No un barrio concreto, no una judería dentro de una gran ciudad, sino una población identificada directamente por su comunidad judía.

Las crónicas andalusíes más tempranas hablan de Garnata como una pequeña villa del territorio de Elvira, anterior incluso a la Granada que hoy reconocemos. No era una capital brillante ni una ciudad monumental. Era modesta, casi marginal. Y precisamente ahí empieza el problema. Porque a medida que Granada crece en importancia, ese origen resulta cada vez más incómodo.

Durante siglos, la idea de una Granada con raíces judías se acepta con naturalidad. Cronistas del Renacimiento describen una ciudad pequeña, pobre y habitada por gentes de distintas procedencias. Nada épico. Nada glorioso. Pero cuando Granada se convierte en símbolo político, religioso y cultural, ese pasado deja de encajar. Una ciudad que ha sido reino nazarí y después joya del cristianismo no podía permitirse unos orígenes tan humildes.

A partir de ahí comienza algo muy granadino: recontar la historia para hacerla más digna. Se construyen teorías que separan una supuesta ciudad romana en el Albaicín de una Granada judía relegada al llano. Se habla de dos asentamientos enfrentados, de una judería fija y eterna, siempre en el mismo lugar, casi como si los judíos hubieran estado condenados a no moverse nunca. El problema es que todo eso se apoya más en necesidades ideológicas que en pruebas reales.

Cuando se buscan restos materiales, el relato se tambalea. Granada es una de las pocas grandes ciudades españolas donde no existe una judería claramente identificable. No hay trazado urbano inequívoco, no hay restos arqueológicos concluyentes, no hay continuidad espacial clara. Lo que hay es memoria escrita, reinterpretada una y otra vez según convenía.

Y eso es lo verdaderamente interesante. Granada no solo borra; reorganiza el recuerdo. Se señalan iglesias como antiguas sinagogas sin pruebas sólidas. Se dibujan mapas históricos que en realidad son reconstrucciones modernas. Se repite durante siglos la idea de que los judíos siempre estuvieron “en su sitio”, como si el espacio urbano fuese un castigo heredado.

Cuando explico esto caminando la ciudad, suele producirse un silencio raro. Porque de repente Granada deja de ser una ciudad con capas bonitas y pasa a ser una ciudad que ha tenido que negociar su identidad constantemente. Una ciudad donde la memoria judía está muy presente en los textos, pero casi ausente en la piedra.

Entender Garnata al-Yahud no es buscar una judería perdida. Es entender cómo se construye el relato de una ciudad, qué se recuerda y qué se empuja a los márgenes. Granada no se explica solo por lo que conserva, sino también por lo que decidió no mostrar.

Y quizá por eso esta ciudad sigue siendo tan poderosa. Porque no es un decorado fijo, sino una historia en disputa. Una historia que, cuando se camina despacio, todavía habla.

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