Granada no solo fue una ciudad musulmana, cristiana o judía. Fue, durante siglos, un lugar donde las palabras viajaron entre culturas sin pedir permiso. Y una de las historias menos contadas es la de los judíos que vivieron bajo el Islam y que encontraron en el árabe una lengua para pensar, escribir y seguir siendo ellos mismos.

Cuando paseo con viajeros por el Albaicín y hablamos de Al-Ándalus, muchos imaginan una convivencia perfecta o, al contrario, un conflicto constante. La realidad fue más compleja. Los judíos que vivieron en territorios islámicos no se limitaron a sobrevivir: crearon cultura. Adoptaron el árabe como lengua principal porque era la lengua del saber, de la ciencia y de la administración. Pero lo hicieron sin perder su identidad.

De ahí nace algo fascinante: la literatura judeoárabe. Textos escritos en árabe, pero con alfabeto hebreo. No era un truco ni una rareza. Era una forma natural de moverse entre dos mundos. El árabe servía para dialogar con la cultura dominante; el alfabeto hebreo mantenía el vínculo con la tradición y la memoria del pueblo judío.

El hebreo, lejos de desaparecer, se reservó para lo sagrado y, al mismo tiempo, vivió un renacimiento poético. En Al-Ándalus, el hebreo volvió a sonar con fuerza en la poesía, la gramática y la reflexión intelectual. Granada, como otras ciudades andalusíes, formó parte de esa red cultural donde el conocimiento circulaba entre judíos, musulmanes y cristianos.

Uno de los aspectos más reveladores de esta historia es la traducción. Muchos judíos tradujeron la Biblia al árabe para que su comunidad pudiera entenderla. No eran traducciones mecánicas. Explicaban, interpretaban, adaptaban. Traducir se convirtió en un acto cultural profundo: permitir que el pueblo comprendiera su propia tradición en la lengua que hablaba cada día.

Figuras como Saadia Gaón defendieron algo revolucionario para su tiempo: que la fe no debía estar reñida con la razón. Utilizaron el árabe para explicar el judaísmo, dialogando con la filosofía y el pensamiento islámico. Esa manera de leer los textos sagrados, atendiendo al lenguaje, al contexto y al sentido, marcó un antes y un después.

Gracias a espacios como la famosa Guenizá de El Cairo, hoy conocemos no solo grandes obras, sino también la vida cotidiana: cartas personales, contratos, poemas, notas domésticas. Es decir, la historia real. La historia de personas que vivían, comerciaban, enfermaban, amaban y pensaban en árabe sin dejar de ser judías.

Todo esto tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de Al-Ándalus. Parte de ese saber llegó a Europa cristiana a través de traducciones latinas. Filosofía, medicina, astronomía y ciencia circularon gracias a esa cultura compartida. Lo que hoy llamamos Europa medieval no se entiende sin ese legado.

Cuando cuento esta historia caminando Granada, suele producirse un silencio especial. Porque de repente se entiende que esta ciudad no es solo piedra y monumentos. Es memoria escrita en muchas lenguas. Lenguas que no compitieron siempre, pero que supieron escucharse durante siglos.

Comprender la literatura judeoárabe es comprender que la identidad no siempre se defiende cerrándose, sino dialogando sin desaparecer. Y esa lección, nacida en Al-Ándalus, sigue siendo profundamente actual.

Eso es lo que intento transmitir en mis rutas culturales por Granada: que aquí la historia no se simplifica, se entiende. Que la cultura no se consume, se camina. Y que para comprender Andalucía hay que escuchar todas las voces que la construyeron.

Si vienes a Granada con curiosidad y ganas de ir más allá de la postal, este viaje empieza andando.

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