La mayoría de la gente piensa que el flamenco es un árbol con muchas ramas, pero casi nadie se pregunta dónde están las raíces. Y sin raíces, ningún árbol se sostiene. Cuando caminas Granada con el flamenco en la cabeza, empiezas a entender que no todos los cantes nacen del mismo lugar ni cuentan lo mismo, aunque todos formen parte de una misma historia compartida.
El flamenco no es uniforme. Hay un tronco central, profundo, oscuro, que nace del cante gitano andaluz, y hay otras ramas que crecen hacia Levante, hacia la costa, hacia la mina y hacia la sierra. Cada cante responde a una forma de vida distinta. A un trabajo. A una herida concreta.
El cante gitano andaluz, el que muchos llaman cante jondo, nace en el triángulo que une Sevilla, Jerez y Cádiz. No es casualidad. Ahí se asentaron familias gitanas durante siglos, por razones que nunca quedaron del todo claras. Algunos trabajaron como herreros, otros cuidaban animales, otros simplemente sobrevivían donde podían. De ahí salen los cantes más desnudos, los que no necesitaban guitarra al principio. Tonás, martinetes, carceleras. Cantes de fragua, de cárcel, de muerte cercana. Cantes donde no hay adorno porque no hay tiempo para adornar el dolor.
Luego aparecen las seguiriyas, que no se cantan porque sí. Se cantan cuando muere alguien. Cuando el golpe es demasiado grande para quedarse dentro. Las soleás y los tientos llegan después, cuando el cante empieza a mirar también al amor, al desamor, a la injusticia cotidiana. Y más tarde, cuando el barrio necesita reír para no romperse, aparecen las bulerías y las alegrías, que hablan de la vida del artista, de lo que pasa en la calle, de lo que se celebra y de lo que se sobrevive.
Pero el flamenco no se queda ahí. Cuando avanzas hacia Málaga, Granada, Almería y Murcia, el cante cambia de color. Los giros melódicos se vuelven distintos, más largos, más cargados de melismas. La influencia árabe del antiguo reino nazarí se deja notar. Aquí el cante se estira, se vuelve más dulce por fuera, aunque por dentro siga contando verdades duras.
En Granada hay un cante que lo dice todo sin necesidad de explicaciones: los tangos de Graná. No son iguales a otros tangos. Tienen un origen afrocubano, traen el pulso de las comunidades negras, el ritmo del cuerpo. La propia palabra “tango” remite a fiesta, a encuentro, a movimiento. Entra por Cádiz y se reparte por Andalucía, pero en Granada se mezcla con la devoción gitana por el cabello, con la sensualidad del baile, con la importancia de instrumentos como la bandurria. Es un cante que se baila cerca del suelo, con el cuerpo hablando tanto como la música.
Y si sigues caminando hacia Levante, el flamenco se mete bajo tierra. Literalmente. En las minas de Murcia y La Unión, el cante se convierte en un compañero de trabajo. Los mineros cantan mientras pican, marcando el ritmo con el golpe del hierro. Cantan porque el cuerpo aguanta, pero el alma necesita desahogo. Al terminar la jornada, en la taberna, tras un par de vinos, el cante se convierte en denuncia. De ahí nacen las mineras, las tarantas, los tarantos y las cartageneras. Cantes que cuentan la explotación laboral, la dureza del trabajo y la necesidad de decir basta, aunque sea cantando.
Hay historias que explican mejor que cualquier teoría cómo nacen estos cantes. Cantaores que caminan durante meses para encontrar trabajo, que sobreviven con sopa, que son escuchados por alguien que entiende que ahí hay algo nuevo. Así se crean estilos. Así se transforma el flamenco: de persona en persona, de vida en vida.
También en la sierra el flamenco encuentra su sitio. Las serranas, la caña, el polo o la liviana nacen en territorios donde se mezclan caminos, bandoleros, moriscos expulsados y gente humilde que aprende a vivir fuera del control. El cante se vuelve áspero, libre, indomable. Como el terreno.
Cuando cuento todo esto caminando Granada, no lo hago para clasificar estilos como si fueran piezas de museo. Lo hago para que se entienda una cosa: cada cante responde a una vida concreta. A un lugar. A una necesidad real. Y cuando uno entiende eso, deja de preguntar qué palo es este y empieza a preguntarse por qué se canta así.
Eso es lo que propongo en mis tours: leer el flamenco como un mapa social y humano de Andalucía. Caminar la ciudad entendiendo por qué aquí se canta de una manera y en otro sitio de otra. Sin prisas. Sin folclore vacío.
Omparé, si quieres entender el flamenco de verdad, no lo mires desde lejos.
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