Hay épocas que no se entienden solo con fechas, sino por lo que dejaron en la memoria popular. En Andalucía, entre conquistas, expulsiones y mezclas humanas, se fue creando un clima social que siglos después acabaría resonando en el flamenco.
Tras las grandes batallas medievales y la toma de Sevilla en 1248, la ciudad siguió siendo multicultural: judíos, moriscos, esclavos africanos y cristianos convivían en tensión constante.
En 1393 nació la Cofradía de los Negritos, prueba de la fuerte presencia negra en la urbe. A mediados del siglo XV llegaron los gitanos a Andalucía, y poco después la Inquisición comenzó a vigilar conciencias desde Sevilla y Granada.
La conquista de Granada en 1492 provocó exilios, conversiones forzosas y persecuciones. A partir de 1499 se dictaron leyes contra gitanos y moriscos. Juicios, cárceles y castigos se volvieron parte del paisaje cotidiano. No es casual que los cantes gitanos andaluces posteriores hablen de condena, dolor y dignidad: son relatos en primera persona de un pasado vivido.
Desde 1503, Sevilla se convirtió en Puerto de Indias y recibió miles de personas esclavizadas; durante décadas cerca del diez por ciento de su población fue negra. Ese cruce de mundos dejó huellas invisibles en la cultura urbana.
Quien hoy busca flamenco descubre un arte bello; detrás hay siglos de historia comprimidos en compás.


