Entre los siglos XVI y XVII, Sevilla fue uno de los mayores centros de esclavitud de Europa, con miles de personas esclavizadas viviendo en la ciudad.
Esa realidad nos recuerda que la cultura andaluza también nació entre dolor, mezcla y resistencia.
En esa tierra convivieron gitanos, moriscos, castellanos, africanos y judíos, y de ese cruce surgieron formas de sentir, cantar y sobrevivir.
El flamenco no nació en teatros, omparee.
Nació abajo, entre pueblos humildes, en los márgenes, como memoria viva de Andalucía.
Cuando lo explico en Granada, muchos viajeros entienden por primera vez que el flamenco no es solo arte: es una forma de contar lo que un pueblo no podía callar.
Como el barro después de la lluvia, lo más hondo a veces deja la huella más fuerte.


