¿Por qué todos los viajeros que llegaban a Granada quedaban maravillados?
No era solo por la Alhambra. Era por el agua.
La Granada nazarí fue comparada por muchos cronistas con ciudades como Damasco.
Sus huertas, jardines, albercas y acequias formaban un paisaje único en Europa.
El Generalife, la finca del Alcázar Genil o los cármenes de Aynadamar eran el resultado de una extraordinaria ingeniería hidráulica heredada y perfeccionada durante siglos.
El fundador de la dinastía nazarí impulsó la Acequia Real, una obra que permitió llevar el agua del río Darro hasta la Alhambra y hacer posible su extraordinario esplendor.
En torno a ella crecieron palacios, huertos y jardines que hoy siguen sorprendiendo a millones de visitantes.
Tras la conquista de Granada, muchos sistemas de regadío fueron perdiendo mantenimiento.
La expulsión de buena parte de la población que conocía estas infraestructuras y los cambios en la propiedad de la tierra provocaron el deterioro de numerosas acequias, norias y huertas que durante siglos habían dado vida a la ciudad.
Cuando llevo a mis viajeros al Generalife siempre les hago la misma reflexión: la verdadera joya de la Alhambra no es el mármol ni el yeso, sino el agua.
Porque sin agua no habría jardines. Y sin jardines nunca habría existido la Granada que enamoró al mundo.
Si quieres descubrir cómo el agua construyó la historia de Granada, acompáñame en mis rutas culturales por la Alhambra y el Albaicín.



