Hubo un tiempo en Andalucía en el que comer no era elegir… era obedecer, omparee.
Durante la Cuaresma, la carne desaparecía. No por gusto, por norma. Y ahí entra el ingenio del pueblo. El bacalao, que llegaba salado y duraba meses, se volvió protagonista en guisos humildes. Igual que el potaje de vigilia: garbanzos, espinacas y paciencia. Pura cultura andaluza nacida de la necesidad.
El flamenco como identidad andaluza tiene mucho de eso. Pocos recursos… pero mucha verdad. Como las torrijas: pan duro, leche y miel. Lo que había en casa convertido en tradición.
En mis rutas culturales en Granada, cuando cuento esto, muchos viajeros se sorprenden. “Nunca había pensado que comer y cantar podían tener tanto en común”, me dicen. Y ahí conectan con algo más profundo: la memoria andaluza.
¿Y si el flamenco no nace del arte… sino de la supervivencia?
Esto es como un puchero lento: cuanto más tiempo, más sabor.
Si quieres conocer curiosidades de Andalucía de verdad, vente conmigo.
Comparte, guarda… y vive el flamenco en Granada desde dentro, en mis tours culturales.

