Granada no cayó en silencio de un día para otro. Antes de 1492, antes de la rendición y del exilio, la ciudad todavía pensaba, preguntaba y dudaba. La Granada nazarí, en sus últimos años, no fue una ciudad aislada ni resignada, sino un lugar consciente de que algo grave estaba ocurriendo y que necesitaba respuestas.
Cuando camino con viajeros por la Alhambra o el Albaicín y hablamos del final del reino nazarí, siempre aclaro una cosa: Granada no murió ignorante. Murió pensando.
En las décadas finales del siglo XV, la ciudad vivía rodeada de amenazas. Guerras constantes, luchas internas, epidemias de peste, crisis económica y un futuro cada vez más incierto. Y en medio de ese contexto aparece una figura clave: al-Mawwāq, el último gran sabio de la Granada islámica.
Un sabio en una ciudad al límite
Al-Mawwāq no era un erudito encerrado en libros. Era muftí, maestro, predicador y referencia moral. Cuando la sociedad granadina no sabía cómo actuar, acudía a él. Y lo que hace al-Mawwāq en ese momento es profundamente revelador: reconoce que Granada ya no tiene todas las respuestas.
Por eso decide escribir fuera. Envía una serie de preguntas jurídicas y morales a Túnez, uno de los grandes centros intelectuales del Islam occidental. No lo hace por debilidad, sino por responsabilidad. La realidad que vive Granada es tan extrema que exige mirar más allá de sus propias tradiciones.
Ese gesto rompe un mito muy extendido: el de una Granada cerrada sobre sí misma en sus últimos años. Al contrario, la ciudad seguía conectada intelectualmente con el exterior, especialmente con el Magreb.
Túnez, el último espejo de Granada
El interlocutor de al-Mawwāq es al-Raṣṣā‘, una de las máximas autoridades jurídicas de Túnez. El intercambio entre ambos no es simbólico ni protocolario. Es profundo, largo y serio. Las respuestas tardan años, se revisan, se amplían y se corrigen. Estamos ante un diálogo intelectual real, no ante un trámite.
Las preguntas hablan de la vida cotidiana en una ciudad al borde del colapso:
qué hacer durante una epidemia, si la peste es contagiosa, si es lícito huir de una ciudad enferma, cómo proteger los bienes familiares, cómo rescatar cautivos o cómo administrar las fundaciones piadosas en tiempos de guerra.
Nada de teoría abstracta. Problemas reales de gente real.
Fe, razón y miedo caminando juntas
Uno de los aspectos más modernos del texto es la forma en que se combinan fe y razón. Granada no responde solo con rezos ni solo con ciencia. Aparecen referencias médicas, observaciones empíricas y debates sobre el contagio, algo muy avanzado para su tiempo.
La peste no se interpreta únicamente como castigo divino. Se discute su transmisión, se citan médicos andalusíes y se aceptan medidas prácticas. Esto nos habla de una sociedad que, incluso en el desastre, no renuncia a pensar.
El miedo a perderlo todo
Muchas de las preguntas giran en torno a los habices, las fundaciones piadosas que sostenían mezquitas, ayudaban a familias y permitían rescatar cautivos. En un contexto de saqueos y traiciones, los habices se convierten en una última defensa frente al caos.
La preocupación por herencias, bienes y propiedades no es avaricia: es miedo a que la ciudad se deshaga por dentro antes incluso de caer por fuera.
Una ciudad dividida y consciente de su final
El texto refleja también una Granada rota políticamente. Las luchas internas, la figura controvertida de Boabdil y las traiciones constantes aparecen como telón de fondo. Al-Mawwāq llega incluso a posicionarse contra el propio rey, lo que demuestra el peso moral que tenía.
El intercambio con Túnez se apaga hacia 1475. No porque falte interés, sino porque la guerra lo invade todo. Después de eso, el diálogo se rompe y llega el silencio.
El último pensamiento antes del exilio
Este episodio representa algo muy poderoso: el último contacto intelectual de la Granada nazarí con el mundo exterior. Antes del exilio, antes de la conversión forzada y antes del silencio, Granada todavía quiso entender lo que le estaba pasando.
Cuando explico esto caminando la ciudad, el viajero suele quedarse callado. Porque se da cuenta de que Granada no fue solo una ciudad conquistada, sino una ciudad que se preguntó hasta el final qué significaba sobrevivir con dignidad.
Y eso cambia por completo la forma de mirar sus muros.


