Primero, una precisión: a finales del siglo XVIII todavía no se usaba “flamenco” como hoy. Hablamos de escenas, cantes y bailes que la historiografía relaciona con su formación.
En un texto redactado en 1774, José Cadalso describe una fiesta en un cortijo donde participan gitanas, hay baile y se marca el compás con palmas. Décadas después, Estébanez Calderón sitúa en Triana a cantadores y bailadoras, habla de “cantar y baile gitano” y presenta a El Planeta y El Fillo.
En 1881, Demófilo recoge seguiriyas gitanas, tonás y martinetes dentro de su Colección de cantes flamencos.
¿Demuestra esto que el flamenco fue creado exclusivamente por los gitanos? No.
El debate empezó pronto: Demófilo dio a la aportación gitana un papel central, mientras Hugo Schuchardt defendió una formación basada en la mezcla entre elementos andaluces y gitanos.
Pero hay algo difícil de ignorar: la presencia gitana se repite en testimonios fundamentales de la etapa temprana.
No explica por sí sola todo el origen del flamenco, pero tampoco es un detalle secundario. Conocer estos documentos cambia la manera de escuchar esta historia. Y en Granada podemos seguir descubriendo juntos esas huellas.



